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Sobre las máscaras

Hoy me he puesto a pensar en las máscaras. En esas que usamos todos los días. En las que nos ponemos sin pensarlo mucho: la del trabajo, la de la familia, la de los amigos, la de conquistar. En la máscara auténtica, que se supone no tenemos porque somos transparentes. En la que usamos cuando conocemos a los suegros.  Entre esos pensamientos de hoy se me cuela uno que lleva rondando hace mucho tiempo, y es el de las máscaras que nos ponemos pero pesan tanto, porque nos quedan muy grandes o muy pequeñas. Porque no son nuestras. O porque ya hemos crecido lo suficiente para seguirlas usando. Y sobre todo en las que, por fin, dejamos que se rompan y nos dejan ver un pedacito de esa verdad, nos dejan respirar y sentirnos tan a gusto con eso que somos, con nuestras manías y nuestras peculiaridades. ¿Para qué necesitamos construir tanto blindaje entre nosotros y los otros? ¿Entre nosotros y el espejo? ¿Será que cuando podemos ver eso que tanto escondemos, nos asusta su verdad, su clari...

Sobre el miedo

Existen monstruos bajo la cama, que esperan el silencio de la noche para llenar nuestros sueños de niebla. Algunos viven en los armarios de las cosas que ocultamos incluso de nosotros mismo, que aumentan su poder mientras siguen ocultos al amparo de las sombras. Otros habitan dentro de las paredes de nuestras ideas, monstruos sólidos e inconmovibles, nutridos de nuestros dogmas y verdades absolutas, dispuestos a matar a la menor provocación y absolutamente ciegos como topos Pero el monstruo que más temo tiene forma de camaleón. A veces se viste de sensatez, otras de precaución y muchas veces de conformidad. Es una goma que envuelve, que asfixia lentamente todo atisbo de valor, que paraliza en cálido abrazo todo crecimiento, y que pudre. Quizá vendría bien recordar que basta encender una luz para que los monstruos queden reducidos a zapatos y juguetes en medio del desorden.