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Mostrando las entradas etiquetadas como miedo

Sobre las ganas de pelear.

Estos días en mi cotidianidad, en la cotidianidad del país, se han hecho turbulentos. Ahora todos creen saber cuál es la mejor decisión para el mundo, opinando sin tener mayor idea de lo que dicen. Con muchas ganas de imponer lo que se piensa, de pelear a base de fuerza y de gritar más duro, más alto. En fin, con ganas de pelear con el otro. Y yo también quiero opinar -no voy a negar que esta entrada es eso, y pues está cargada de toda mi subjetividad y mis puntos de vista-  y creo poder aportar algo a tanto río revuelto, así me lean pocos. Lo primero: Me sorprende la virulencia de la gente. Más de la gente que me es querida, que ha compartido un momento de vida y de amor conmigo, y que ahora asume que enseñar en los colegios a construir una identidad y a respetar esa construcción es hacer una apología a la homosexualidad. Si en mis colegios eso hubiera estado claro, quizá yo habría podido estar más tranquila en mi infancia, y no me hubiera sentido como un bicho raro cuando juga...

Sobre el amor II

Estos días han pasado muchas cosas que me hacen pensar que no tenemos muchas esperanzas como especie. Pero también tengo días increíblemente optimistas, en los que creo que el amor puede vencerlo todo. Y he descubierto que estoy cansada de ver tanto miedo, tanto odio, tanta necesidad de defenderlo todo y de indignarme por todo. De ver cómo justificamos nuestro rechazo en nombre de algo más grande y preferimos que nuestro miedo se interponga entre nosotros y el mundo. Creo firmemente que el amor puede salvar el mundo. Creo que el amor sólo une, y que todos amamos de la misma manera. Sin importar si somos gays o heteros, si somos ateos o cristianos, todos buscamos cuidar a quienes amamos. Buscamos su felicidad, su protección, su bienestar. Y aparece el miedo cuando vemos a los otros como "otros", cómo una amenaza a esos seres que son sagrados para nosotros. Olvidamos que esos otros son amados por alguien; que como nosotros tienen miedo a sufrir, a decepcionar y a ser ...

Sobre caminar

Caminar es uno de los verbos más bonitos que tiene el español. Quizá es también una de las acciones más simples y significativas que realizamos, pues caminar es movernos hacía un lugar, un destino, una meta. A mi me gusta mucho caminar. Y aunque he perdido la costumbre, caminar sola es uno de los placeres que más disfruto, porque me permite descubrir cosas y detenerme ante cualquier pequeñez, sin demorar el viaje de alguien más. También disfruto caminar en compañía, pero elijo bien con quién lo hago: caminar, como tomar café, es algo reservado sólo a quienes tienen mi corazón consigo, y esas personas son pocas. Caminar implica decidir: hay lugares por dónde caminar será más difícil, dónde no hay luz suficiente para ver por dónde vas, dónde es fácil perderse. Puedes terminar en otro camino, hacia lugares que  no imaginaste; encontrarte con sorpresas no necesariamente agradables. Debes decidir si llevar ropa por si llueve, o ir ligera y con mucho bloqueador. Si sales de noche o ...

Sobre el amor

Hace unos dias la vida me hizo un regalo mágico, de esos que te devuelven cosas que creías  perdidas, que te ponen a pensar. Estuve con un grupo de chicos y chicas maravillosos, que hacen del ejercicio del arte una experiencia real, y que a pesar de ser apenas unos niños lo hacen con el amor que muchos hemos perdido. Y me hizo pensar sobre cómo hacemos y estamos en el mundo. Y sobre el amor que mueve el mundo de tantas maneras, como una fuerza poderosa que nos arrasa, que nos deja desnudos bajo el cielo y que nos da la fuerza para ser eso que somos y que a veces ocultamos de todos. Que nos llena de motivos para continuar, más allá del cansancio, del hambre, del miedo, del desconcierto. A veces abusamos de la palabra amor. Porque es una de esas cosas abstractas que no se pueden explicar fácilmente. Es cómo un color, que no puedes describir pero sabes que está ahí cuando lo ves, porque lo reconoces en una mirada, en un gesto, en una decisión. Y nos enseñaron que amar es poseer, es...

Sobre las máscaras

Hoy me he puesto a pensar en las máscaras. En esas que usamos todos los días. En las que nos ponemos sin pensarlo mucho: la del trabajo, la de la familia, la de los amigos, la de conquistar. En la máscara auténtica, que se supone no tenemos porque somos transparentes. En la que usamos cuando conocemos a los suegros.  Entre esos pensamientos de hoy se me cuela uno que lleva rondando hace mucho tiempo, y es el de las máscaras que nos ponemos pero pesan tanto, porque nos quedan muy grandes o muy pequeñas. Porque no son nuestras. O porque ya hemos crecido lo suficiente para seguirlas usando. Y sobre todo en las que, por fin, dejamos que se rompan y nos dejan ver un pedacito de esa verdad, nos dejan respirar y sentirnos tan a gusto con eso que somos, con nuestras manías y nuestras peculiaridades. ¿Para qué necesitamos construir tanto blindaje entre nosotros y los otros? ¿Entre nosotros y el espejo? ¿Será que cuando podemos ver eso que tanto escondemos, nos asusta su verdad, su clari...

Sobre la normalidad

Normal: 3. adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Real Academia Española,  http://lema.rae.es/drae/?val=normalidad Este asunto de la normalidad es una cosa que siempre me ha puesto a pensar en nuestras definiciones de bueno o malo. Si hubiéramos nacido hace ochenta años, habría sido absolutamente normal casarnos con quienes nuestros padres hubieran elegido. Y probablemente (como mi abuelita) no seríamos mayores de veinte antes de casarnos. Incluso casarte a los 15 habría sido perfectamente normal. Hoy nos asustaría ver una niña de 15 casada con un señor de 35 o 40.  En muchas sociedades, hace tan solo 60 años casarte con alguien de raza negra era ilegal. O abandonar a tu hijo en la puerta de una iglesia o encontrar un niño tirado en un parque y criarlo como tuyo no tenía nada de malo. Era absolutamente normal.  Sin ir más lejos, continuar con un matrimonio abusivo, permitir el m...

Sobre el miedo

Existen monstruos bajo la cama, que esperan el silencio de la noche para llenar nuestros sueños de niebla. Algunos viven en los armarios de las cosas que ocultamos incluso de nosotros mismo, que aumentan su poder mientras siguen ocultos al amparo de las sombras. Otros habitan dentro de las paredes de nuestras ideas, monstruos sólidos e inconmovibles, nutridos de nuestros dogmas y verdades absolutas, dispuestos a matar a la menor provocación y absolutamente ciegos como topos Pero el monstruo que más temo tiene forma de camaleón. A veces se viste de sensatez, otras de precaución y muchas veces de conformidad. Es una goma que envuelve, que asfixia lentamente todo atisbo de valor, que paraliza en cálido abrazo todo crecimiento, y que pudre. Quizá vendría bien recordar que basta encender una luz para que los monstruos queden reducidos a zapatos y juguetes en medio del desorden.